La igualdad de derechos de las minorías sexuales en la historia y la postura retrógrada del Perú

La igualdad de derechos de las minorías sexuales en la historia y la postura retrógrada del Perú

Hoy, en el Perú, se discute activamente sobre la falta de igualdad de derechos, la discriminación y, sobre todo, la violencia que sufre la comunidad LGBTI (lesbianas, gays, bisexuales, transexuales e intersexuales). En las calles, la gran mayoría de la población exige que se apliquen reformas constitucionales que evidencien la igualdad entre los ciudadanos de distinta opción sexual; mientras, en el Poder Legislativo, se duda, se cuestiona o se niega la ciudadanía (y por lo tanto la “humanidad”) de personas tan peruanas como uno.

Pese a este clamor popular, en el ámbito de la política, los intereses personales impiden volver reales estas exigencias. El Perú, debido a unos cuantos, muestra su rostro más retrógrado. Nuestra visión de la ciudadanía va en contra de un rumbo ya generalizado en casi todo el globo y, sutilmente, nos rememora las oscuras y antiguas épocas en que la intolerancia era cosa del día a día.

Si hacemos un recorrido por la historia, observaremos que, en gran parte del mundo, la tolerancia a la opción sexual fue el punto de partida de las sociedades. La convivencia era parte de la estructura original de la civilización, pero esta se fue perdiendo con la aparición de las grandes religiones monoteístas o el establecimiento de estados imperiales.

En el antiguo Egipto y en la antigua Mesopotamia, no existieron leyes que castigasen la homosexualidad o el lesbianismo. Por lo contrario, la mitología narra romance e intimidad entre los propios dioses o héroes. Horus y Seth, en “el país del Nilo” y Gilgamesh en la “tierra de los dos ríos” son ejemplo de ello. En algunos cultos, como el del dios Jnum (el regulador del Nilo) y la diosa Ishtar (diosa mesopotámica del amor, belleza y sexualidad), existieron sacerdotes y/o sacerdotisas que, como parte del rito, practicaban la homosexualidad a favor del resto de la población. En todo el “creciente fértil”, la libertad sexual soportó inclusive la introducción del cristianismo, ya que era un área de confluencia de culturas y, por lo tanto, más permisiva. No es hasta la introducción del Islam, a inicios del siglo VII d.C., que empezó cierta represión contra las minorías sexuales.

Pese a que en el Corán se evidencia la crítica a la homosexualidad, los primeros años del Islam evidenciaron cierta tolerancia, sobre todo entre las élites; primero, las cortes de los califas árabes y luego, la de los sultanes turcos. Con el pasar de los siglos, esta visión más abierta se fue perdiendo, especialmente en los territorios del Oriente Medio, la península arábiga y el Magreb. Para algunos estudiosos, la intolerancia nace de posturas ortodoxas dentro del mundo islámico y para otros, es producto del contacto del Islam con la “corrupción moral” de Occidente.

Los antiguos griegos veían como algo común la existencia de parejas homosexuales en los grupos de la élite, en donde el individuo mayor no solo era amante de un hombre más joven, sino también, su protector y mentor. Grandes filósofos, políticos y militares de las distintas polis de la Hélade tuvieron este tipo de relación, la cual, en ocasiones, iba en paralelo con una vida marital convencional. Todo esto nos hace entender por qué en Grecia y no en otro lugar de la faz de la Tierra nació la semilla de la democracia como doctrina política y forma de convivencia.

En los mitos, los griegos también describen con naturalidad la aceptación de todo tipo de unión sexual. Quizás la historia más conocida sea la de Aquiles, el gran héroe de la “Guerra de Troya” y su amante Patroclo. Inclusive, los dioses olímpicos se enamoran y yacen con mortales de su mismo sexo. Apolo y Jacinto, Dionisio y Prosimio, Hermes y Perseo, Poseidón y Pélope e incluso el mismo Zeus con Ganimedes.

En el caso del lesbianismo, es clásica la historia de Safo, de la isla de Lesbos, poetisa que escribió sobre el amor entre mujeres (aunque se sospecha que era bisexual) y mantuvo un gran número de seguidoras a lo largo y ancho del mundo de la Hélade. También se registra el amor lésbico entre las seguidoras del culto del dios Dionisio o Baco, “las Bacantes”, quienes en sus rituales no mostraban vergüenza de su sexualidad y eran, además, respetadas por aquellos que iban en su búsqueda para obtener respuestas a sus cuestionamientos.

Para la época de Roma Imperial, estas prácticas eran aceptadas de manera más sutil, ya que la sociedad romana, pese a su raíz griega, era muy conservadora y puritana. Pero no es hasta la introducción oficial del cristianismo por parte del estado (IV d.c.) cuando se inicia la persecución sistemática de aquellos que eran acusados de tener relaciones homosexuales.

Fuera del mundo clásico, en el norte de Europa, los pueblos celtas que habitaban el norte de España, Francia (la Galia) y las islas británicas, consideraban normal la homosexualidad masculina (de la femenina no hay registro), de manera muy similar a lo mencionado en Grecia. Los guerreros tenían un aprendiz más joven, quien además era su pareja sexual pasiva o activa. Luego, la conquista romana y la evangelización de las islas cambió dicha libertad de la sexualidad que llevaba existiendo por siglos.

En China, desde el siglo XI a.c., la literatura y el registro histórico mencionan lo común y respetadas que eran las relaciones homosexuales, tanto masculinas y femeninas. Incluso, en la corte de los soberanos de las distintas dinastías que gobernaron el “Celeste Imperio”, existieron agrupaciones de mujeres lésbicas, las cuales formalizaban su unión mediante matrimonios que podrían ir en paralelo a sus vidas maritales convencionales.

Sin duda, el gran enemigo de la libertad sexual en la China antigua, como en la contemporánea, ha sido la introducción de la filosofía confucionista, la cual interpretaba la homosexualidad como un peligro del núcleo familiar tradicional. Pese a esto, recién en el año 1700, aparecen leyes homofóbicas que solo quedaron en papeles, hasta el establecimiento del régimen comunista de Mao, en 1949.

Algo muy similar ocurrió en Japón, en donde en la antigüedad como en la Edad Media, la literatura y la crónica histórica registra parejas homosexuales. Nobles (entre ellos emperadores), monjes budistas e inclusive los famosos samuráis, aceptaban parejas y relaciones homosexuales. En el caso de los samuráis, algunos de ellos acostumbraban a tener un joven protegido y amante; sin ser discriminados por otros miembros de esta casta guerrera. Casi de igual forma ocurría en la antigua Grecia con la pederastia militar. Esta unión, que empezaba como un ritual de iniciación, se transformaba, algunas veces, en una relación como cualquier otra.

Más al sur, en las islas de Melanesia, desde Papúa y Nueva Guinea hasta Nueva Caledonia, existieron guerreros que como rito de iniciación mantenían relaciones sexuales y sentimentales con otros varones adultos.

En la India, en donde el sexo está vinculado al placer y la fecundidad, desde el siglo III a.c los textos en sánscrito mencionan la homosexualidad como algo natural y cotidiano. La sexualidad era libre pero regulada, castigándose solo si esta opción era contrapuesta a la sociedad de castas hindú. Al igual que en el Mediterráneo, dioses y héroes no son ajenos a tener una pareja del mismo sexo. Inclusive las deidades tienen reencarnaciones del sexo opuesto. En el hinduismo, dioses y mortales aceptan la existencia de un “tercer sexo”.

Es a partir de la colonización británica del siglo XIX que la libertad sexual de los hindúes empieza a ser criticada y catalogada de pecaminosa. Tras la independencia, esto no cambió, dado que la nueva burocracia estatal catalogó a la homosexualidad de un “vicio venido de Occidente”. Del mismo modo, el África negra, que tenía registros de libertad sexual en muchas de sus diferentes etnias, como es el caso de los azande, sotho (lesbianismo) y zulú. Tras la conquista y colonización británica, sumado a la expansión de la fe islámica, la tolerancia comenzó a desaparecer. Hoy en día, África es uno de los continentes con más leyes homofóbicas del planeta, incluyendo la pena de muerte.

Al igual que en la India, en la América precolombina, en especial en la parte norte del continente, las tribus indígenas de Canadá y los actuales Estados Unidos, tenían el concepto de “tercer sexo” como algo recurrente en la naturaleza. Además, en vez de discriminar a los individuos homosexuales, les otorgaban poderes especiales, pues se trataban de “cuerpos con dos espíritus”. En Mesoamérica, mayas y toltecas fueron tolerantes con la homosexualidad, más no los aztecas, que tenían algunas leyes en contra, aunque según las crónicas, esas leyes no se hacían prácticas. Para los Andes centrales, las culturas de la costa norte del Perú (Vicús, Mochica y Chimú), según evidencia su cerámica, permitieron la homosexualidad masculina. Por el contrario, los incas castigaban con la muerte cualquier acto catalogado como contra natura.

Tanto en México como en el Perú, la conquista hispánica y la evangelización católica, sumada a las posturas previas de los estados mexicano e inca, volvieron a las minorías sexuales elementos nocivos y, por ende, pasibles de ser condenados y erradicados. Pero esta situación se dio recién en el siglo XV, cuando cerca de 4000 años de tolerancia habían transcurrido por estas tierras.

Luego de este fugaz recorrido, podemos concluir que la civilización no tuvo en sus raíces ningún tipo de prejuicio contra las opciones sexuales minoritarias, sino que respetaron la libertad de las mismas, así como también sus manifestaciones. Es en el momento en que las religiones monoteístas se imponen cuando la sociedad margina a las minorías e inicia su estigmatización y persecución. Las religiones que más han predicado la tolerancia y el amor entre prójimos han sido las más intransigentes en cuanto al concepto de respeto e igualdad.

Cristianos, musulmanes y judíos, no contemplaban más que la tradicional unión entre hombres y mujeres, a partir de la creencia de que todo lo demás era “abominación” de la naturaleza. Sin contar el hecho de caracterizar a la deidad suprema como un ente claramente masculino y perfecto.  La Biblia, el Corán y la Torah marcan una línea invisible, pero perceptible, entre la pureza de la unión heterosexual y la impureza de la unión homosexual.

En el caso de América Latina, esto fue aun peor, ya que la Iglesia Católica y su proceso de conversión tuvieron como aliados a las leyes locales tanto de aztecas como incas; estas castigaban duramente cualquier tipo de acto homosexual. ¿Es quizás por eso que en México, Perú y otras muchas naciones de la región, la intolerancia es aun parte importante del pensar de la población marginada, así como de las élites político-económicas?, ¿es aquí, en el mundo periférico, en donde el catolicismo conservador se unió a las tradiciones tardías para la formación de una línea dura que impide la aceptación, integración y defensa de las minorías sexuales?

Volviendo al presente, ¿no es casualidad que en lo que fue el centro del Tawantinsuyu, es decir el Perú y Bolivia, aun no se acepte legalmente la igualdad de género? ¿No será el momento para que nos sinceremos y aceptemos que nuestra idiosincrasia tiene elementos retrógrados?

La historia en este caso nos sirve para dar una mirada al pasado y rechazar aquello que nos hace menos como sociedad y, peor aun, menos como personas. Usemos la historia para crear un futuro más justo para todos, donde la aceptación sea nuestra mayor cualidad, una que no tenga la necesidad de ser exigida, una que sea natural.

Finalmente, es bueno decir, que tras 228 años de iniciada la Revolución Francesa, en nuestro país, aun la separación del Estado y la Iglesia no es real. Más aún, la intromisión es mayor, pública y descarada, privando a varios compatriotas de sus justos derechos debido a pensamientos arcaicos y cucufatos.

Este papel de la Iglesia Católica es hoy compartido por las diversas confesiones evangélicas, las cuales forman oportunistas alianzas con partidos políticos en carrera electoral, para así obtener curules en el congreso e imponer sus dogmas, tan anticuados y destructivos como los de la Iglesia Romana. Es hora de decir basta y que las mayorías conscientes de esta manipulación dejen en claro que la libertad es única e inquebrantable.

Arqueólogo por la PUCP. Cuenta con trabajos de campo en casi todo el país y lleva más de 20 años en la docencia universitaria. En la Universidad de Lima se desempeña como profesor del Programa de EE.GG, dictando la cátedra de Arte y Cultura, Globalización y Realidad Nacional así como de Metodologías de la Investigación. Ha publicado sus investigaciones sobre el Perú Prehispánico en diferentes revistas científicas de Bolivia, Estados Unidos, México y Perú.

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