Las primeras evidencias del tatuaje: De ritual religioso a elemento de identificación social

Las primeras evidencias del tatuaje: De ritual religioso a elemento de identificación social

Hoy en día, el tatuarse es un acto muy común, ya no solo vinculado a la rebeldía juvenil y a sectores marginales, sino también entre absolutamente toda la población. El tatuaje, hoy por hoy, es un arte, el cual comunica o intenta comunicar cierta información muy íntima, tanto así que a veces se transforma en un recordatorio exclusivo para aquel que lo lleva en su piel; sin embargo, esto no fue así en un inicio.

En sus orígenes, el tatuaje estuvo asociado al ámbito religioso, ya sea como un elemento característico de gente con “poderes” especiales, es decir “escogidos”, como eran catalogados los chamanes y sacerdotes, pero también se vinculaba como un objeto protector, a la manera de lo que hoy denominamos “amuletos”.

La primera evidencia del tatuaje se registró en el cuerpo de “Otzi”, el llamado “hombre de hielo”. “Otzi” fue un hombre de la Edad de Cobre que fue asesinado al recibir una flecha en su pulmón. El cuerpo de este hombre de aproximadamente 40 años se congeló entre los hielos de los Alpes que dividen Italia y Austria, alrededor del año 3300 a.C., momificándose y dejando en evidencia un número de 61 tatuajes a manera de pequeñas rayas paralelas, las cuales se encuentran en sus muñecas, piernas y zona lumbar. La teoría señala que, debido a la artritis de la que padecía, la ubicación de los tatuajes indicaría un tratamiento mágico a sus dolencias.

En el antiguo Egipto, parece que los tatuajes estuvieron restringidos al sexo femenino, en donde danzantes y/o sacerdotisas llevaban diversos y pequeños símbolos en todo el cuerpo. Un ejemplo de ello es la momia de una mujer encontrada cerca a Deir El-Medina, dicha fémina llamada Amunet, era sacerdotisa de Hathor, diosa del amor, y contaba con 30 tatuajes, que representan símbolos protectores para los antiguos egipcios. Babuinos, flores de loto, un “ojo de Horus”, conocido también como udjat y el rostro de una vaca (la cual representa a Hathor) se hallaban en el cuello, la espalda, los hombros, abdomen, caderas, así como en brazos de Amunet, se han conservado desde aproximadamente el 1300 a.C, fecha de su muerte. El uso del tatuaje femenino en Egipto se extendió hasta los inicios de la Edad Media, en pequeñas comunidades cristianas en el extremo sur del país y en el Sudán.

Contemporáneos y vecinos a los egipcios, las tribus libias también tatuaban sus cuerpos, como se puede observar en las imágenes de prisioneros de guerra en diversos templos construidos por los victoriosos faraones. Momias de mujeres tatuadas también han sido halladas en tumbas de la realeza Nubia. Pueblo que se enfrentó constantemente a los egipcios, quienes ambicionaban las riquezas de estas tierras, como por ejemplo, el oro y el marfil.

En la actual Rusia, los nómades jinetes escitas, también tuvieron la costumbre de realizarse tatuajes vinculados a sus creencias chamánicas y animistas. Hombres y mujeres escitas habitaron las gigantescas estepas euroasiáticas, dependiendo de los pastos y fuentes de agua que alimentaban a sus caballos y a las presas de las que se alimentaban (ciervos, sobre todo). Este pueblo tuvo la costumbre de enterrarse en montículos denominados kurgans, los cuales, debido al gélido clima de la zona, llenaron de hielo en su interior, congelando los cuerpos de los difuntos y de esta manera conservar y registrar los tatuajes que estos poseían.

Este es el caso de la llamada “Dama del hielo siberiana” o “Princesa de Ukok o Pazyryk”. Esta mujer de casi 30 años vivió alrededor del año 500 a.C, tenía en su hombro y brazo izquierdo una serie de animales fantásticos con cornamentas, mezcla de los caballos y ciervos que eran tan comunes para los escitas y a los cuales estos les rendían culto, ya que su vida dependía de ellos. Este tipo de tatuajes y su ubicación (la cual se expande a todas las extremidades y espalda) son recurrentes en las momias escitas halladas en la misma zona que a la “princesa” antes mencionada. Muy similares a los tatuajes escitas, son los del pueblo tocario, grupo étnico iranio de la actual Región Autónoma Uigur (Extremo occidental de China, cerca a la frontera con Kirguistán y Tayikistán). Este pueblo, también nómade y de jinetes, tenía la costumbre de tatuarse el rostro, como lo comprueban las momias del valle de Tarim, descubiertas entre los años 1970 y 2010. Cabe destacar que Marco Polo, durante el siglo XIV registró el uso del tatuaje en la zona.

En el otro extremo de Europa, en Francia y Alemania, Julio César, durante su campaña de conquista, registró el uso de tatuajes y pintura corporal por parte de los guerreros galos y germanos que lo resistieron. Otros historiadores romanos mencionan el uso de tatuajes por parte de los pueblos británicos. En cambio, para los romanos y antes para los antiguos griegos, el tatuaje estaba relacionado con los pueblos bárbaros y los esclavos.

Para el año de 1889, en Oaxaca, al sur de México, el arqueólogo Leopoldo Batres halló una momia de sexo femenino de unos 30 a 40 años, la cual tenía una serie de tatuajes de formas geométricas, tanto en los brazos como en el vientre. Dicha momia, es fechada alrededor del 250 d.c., en el momento cúspide de la cultura Zapoteca y el esplendor de la ciudad-capital de Monte Albán.

A inicios de la era cristiana, durante el desarrollo de la cultura Paracas Necrópolis, jóvenes y adultos de ambos sexos se tatuaron diseños zoomorfos, geométricos y abstractos en, prácticamente, todo el cuerpo, destacando manos, dedos, brazos, antebrazos, piernas y rodillas.

En la costa norte del Perú, la cultura Moche también hizo uso del tatuaje. La famosa “Dama de Cao”, mujer de la élite de los mochicas, de unos 40 años, que vivió entre los años 300 a 400 d.C., tenía en su brazo y antebrazo derecho, tatuajes que representan serpientes, felinos, lagartos, monos y arañas, animales míticos que confirman el poder político y religioso de este personaje.

Para la misma época, cronistas chinos registran el uso del tatuaje en el Japón, lo cual indicaría que es en las islas del “Sol Naciente”, donde se encuentra la tradición más larga del uso de esta forma de decoración corporal. Recordemos que, en tiempos modernos, Japón se hizo célebre por el particular tatuaje de los miembros de la “Yakuza” (mafia).

Durante 1981, el arqueólogo Arturo Ruiz Estrada halló en el sitio de Cerro Colorado, Huacho (Costa norte del Perú) una momia, la cual tenía tatuajes en manos, brazos, pies, piernas y torso. Dichos tatuajes de color azul representan aves, peces, rombos, y rostros de felino, los cuales son diseños recurrentes en la textilería y la cerámica de la Cultura Chancay (900-1400 d.C.). Se tiene evidencias del uso de tatuajes en otras culturas peruanas contemporáneas, como por ejemplo, la Chimú y la Chincha.

Pese a que no hay evidencias concretas para tiempos antiguos, es de suponer que, en las islas de Melanesia, Polinesia, Nueva Zelanda y Australia, donde los nativos se contactaron con los europeos a partir del siglo XVIII, llevaban tatuajes (sobre todo los guerreros), lo cual denota que haya sido una tradición milenaria que se hizo famosa, sobre todo, por el tatuaje en los rostros del pueblo maorí.

Ya sean sacerdotisas, chamanes, monarcas o guerreros, los tatuajes fueron un elemento muy común en los pueblos de la antigüedad en todos los rincones del planeta, salvo en la cultura greco-romana, la cual, luego de la llegada del cristianismo, se volvió mucho más reacia al uso de este arte corporal, quedando relegado por muchos siglos a sectores marginales de la sociedad, como delincuentes y trabajadoras sexuales. Tras la Segunda Guerra Mundial, su uso por parte de las tropas que participaron en el conflicto inició una segunda etapa en su uso masivo que se consolidó, con la rebeldía de los movimientos juveniles de las décadas de 1960 y 1970.

Arqueólogo por la PUCP. Cuenta con trabajos de campo en casi todo el país y lleva más de 20 años en la docencia universitaria. En la Universidad de Lima se desempeña como profesor del Programa de EE.GG, dictando la cátedra de Arte y Cultura, Globalización y Realidad Nacional así como de Metodologías de la Investigación. Ha publicado sus investigaciones sobre el Perú Prehispánico en diferentes revistas científicas de Bolivia, Estados Unidos, México y Perú.

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