Joyce Moore Murphy

Abogada Asociada en Estudio Miranda & Amado

26 de Agosto del 2018

“En boca de todos”

Siendo esta mi primera columna, quiero empezar por agradecerle a Advocatus la invitación que me extendieron para escribir en este blog. Me es muy grato contar con un espacio para compartir algunas ideas con sus lectores y ojalá pueda incentivar el intercambio de opiniones en el rubro de comentarios (debajo).

Dedicaré este espacio, principalmente, a un asunto que ya está en boca de todos. Forma parte de eventos académicos, foros empresariales, artículos periodísticos y grabaciones de conversaciones telefónicas, y fue el eje del discurso presidencial. Adivinaron bien: me refiero a la corrupción.

La visibilización del fenómeno es el primer paso hacia lograr cambios concretos, pero la historia nos ha demostrado que ello no basta. Somos una población que se indigna fácilmente, pero también una población que no suele tomar acciones, se olvida y luego cae en la indiferencia. Evidencia de ello es que la crisis política del 2000 nos enseñó muy poco en lo que respecta a la prevención de la corrupción y el respeto por nuestras instituciones.

Por ello, pienso que, ahora, en una nueva crisis de confianza en nuestras instituciones que es altamente visible, luego de indignarnos, toca pensar en qué podemos hacer para lograr el cambio cultural que se requiere para desterrar la corrupción.

Podemos empezar desde nuestra primera trinchera: las facultades de Derecho. Los estudiantes de Derecho y abogados deben familiarizarse desde muy jóvenes con conceptos como la corrupción, el cohecho o soborno, el tráfico de influencias, el conflicto de intereses, las revolving doors, el lavado de activos, entre otros que se tocan muy tangencialmente en algunos cursos de Derecho penal y/o de ética. Debemos estar al tanto del daño que se causa cuando normalizamos el “para la gaseosita”, el “pero todos lo hacen” y el “así funciona el sistema”. Como abogados y futuros abogados debemos ser los guardianes del sistema y del Estado de Derecho, así que, si así funciona el sistema, en buena parte es por nosotros.

Empecemos a generar sanción social. Pensemos en cómo hace pocos años, era usual que alguien fumara en una reunión de trabajo en un espacio cerrado. El que fumaba en una película era el bacán. Hoy en día, en la mayoría de espacios públicos está prohibido fumar y si alguien enciende un cigarro en un espacio cerrado, seguramente recibirá, cuando menos, varias miradas de desaprobación por desubicado(a). Fumar ya no es tan bacán como antes.

Si alguien nos cuenta que le pagó a un policía, hagámoslo sentir desubicado. Si alguien nos cuenta que en sus prácticas pre-profesionales fue a entregar un sobre cerrado o invitó a almorzar a un funcionario para discutir un caso, no permitamos que se sienta bacán. Que Pepe el Vivo deje de sentirse bacán y dejémosle en claro que él nunca será nuestro “hermanito”.

En mis siguientes columnas trataré estos temas y algunos más, sin pretender ser ningún tipo de experta académica en la materia, porque no lo soy, pero sí espero que el tema continúe en la boca de todos y, especialmente, en las facultades de Derecho. Por aquí mi pequeña contribución.

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