Alonso Morales Acosta

Socio del Estudio Torres y Torres Lara

17 de Septiembre del 2017

Carlos Torres y Torres Lara el jurista y el profesional

Carlos era una persona apasionada por el Derecho, comprendía que una de sus facetas era ser fuente de poder, un instrumento que puesto al servicio de las personas podía generar justicia, cambios sociales y económicos que impulsaran el desarrollo de nuestro país, y una economía con rostro humano; en buena cuenta una institucionalidad que protegiera a los consumidores, que promoviera la pequeña empresa, que mejorara las condiciones de los trabajadores y que restara los privilegios mercantilistas de las grandes empresas; todas ellas, ideas progresistas para un país de los 70s y 80s.

No creía en el “socialismo científico” de cambios radicales mediante la exacerbación de la lucha de clases y el conflicto entre peruanos, y menos en ese eufemismo de declararse democrático coyunturalmente mientras las “condiciones no estén dadas para la lucha armada”. Creía en potenciar las iniciativas de la población; sea en sus barrios, distritos o comunidades, como las pequeñas empresas, sus organizaciones asociativas o cooperativas, tanto de pequeños productores, como de obreros y consumidores. Consideraba, asimismo que tomando una opción por estos sectores y políticas públicas hacia ellos podía cambiarse el Perú. Decidió ser coherente con su pensamiento y fundó un Estudio de Abogados en 1968 enfocado en estos sectores de la población. Así, desde su despacho jurídico contribuyó con el desarrollo de estos sectores de economía social; labor que varios años después continuaría como político.

Carlos creía en la cooperación voluntaria y en la libertad de asociación, en la libre iniciativa y en la libertad del consumidor para elegir. En base a estos principios había que impulsar la organización empresarial del consumidor, del trabajador, del pequeño empresario y respetar la del gran capital, pero regulando los excesos y desincentivando conductas desleales o anticompetitivas. Lo que en buena cuenta era, la libertad para todos; libertad que debía ser siempre la base de la cooperación entre agentes económico. Sin perjuicio de ello, creía que debía existir un trato apropiado y especial para el agro y para la pequeña empresa, no porque merecieran algún privilegio sino en atención a las condiciones particulares en las que realizan su actividad económica. Obviamente no es lo mismo producir en la sierra o en la selva que en la costa (con todas sus facilidades logísticas) ni se pueden tolerar para la pequeña empresa barreras de acceso irracionales que maten las iniciativas empresariales desde su nacimiento.

El Estudio de Abogados que fundó se focalizó tanto en asesorar cooperativas y pequeñas empresas, que hizo de este quehacer su misión. Anecdóticamente me contó que, en sus inicios profesionales, el doctor Carlos Fernández Sessarego, eminente maestro y profesional, muy amigo suyo le recomendó a un cliente (importante empresa automotriz) pero declinó asumir su patrocinio porque en su Estudio sólo se asesoraba cooperativas y a pequeñas empresas.

Su actividad profesional le forjó una imagen de líder en la defensa del cooperativismo, puesto a prueba en la lucha contra el Gobierno Militar que quería convertir a dicho movimiento en mecanismo para la antesala del socialismo. Eso mortificó a Carlos, pues la esencia de las cooperativas es la libertad y no la imposición. De ahí que proclamara que ¡El modelo cooperativista era superior! al de la empresa de propiedad social promovido por la dictadura militar porque su base era la libre asociación. Sin embargo, desconociendo los principios y autonomía cooperativa, el Gobierno Militar utilizó la modalidad de “Cooperativas de Producción” (de trabajo asociado) para sus fines e imponer su modelo de “Reforma Agraria”. El resultado fue el fracaso económico de estas empresas. ¿Las razones? Fáciles de describir: no hay auténtico cooperativismo sin respetar el principio de libre adhesión y de educación cooperativa. No es difícil imaginar lo desgastante que resultaba coordinar las políticas y decisiones empresariales entre gente desconfiada, sin affectio societatis, la mentalidad dependiente y no empresarial, lo contraproducente de aprobar incrementos de remuneraciones sin ninguna relación con los ingresos, el desconocimiento del riesgo asumido, la falta de capacidad técnica y administrativa que condujeron al irremediable fracaso de dicho modelo. La imposición, una vez más finiquitó aquel proyecto.

En otra orilla, Carlos lideraba la defensa del modelo, apoyando con energía dos tipos: el de las Cooperativas de Ahorro y Crédito y el de las Cooperativas Agrarias: las Cafetaleras de Servicios. Respecto de las primeras (las de Ahorro y Crédito) tenía la convicción que podían ayudar no solo al bienestar de los consumidores sino también al crecimiento de los pequeños empresarios. En cuanto a las Cooperativas Agrarias Cafetaleras, aquellas ubicadas en ceja de selva (donde en realidad no llegó la reforma agraria), su idea era promoverlas como una solución a las necesidades de los pequeños productores agrarios (maquinarias, equipos, fertilizantes, semillas, acopio, selección, envasado y exportación del café) las mismas que años después, luego de sobrevivir al terrorismo de los 90´s, se convirtieron en fuente alternativa al cultivo de la hoja de coca y en los principales exportadores del agro, generando premios y reconocimientos para el Perú por sus variedades de Café.

Tuve oportunidad de seguir de cerca el proceso del Estudio, pues Carlos se casó con mi hermana Sylvia y aprovechando el cariño que nos teníamos, le pedí empezar a practicar en 1975 a la edad de trece años en su oficina situada inicialmente en el pasaje Olaya, uno de cuyos accesos daba a Palacio de Gobierno. El origen de esta práctica tuvo varias motivaciones, una de ellas fue la influencia que produjo Carlos en mi vocación, pasé de querer ser médico -como mi padre- a ser abogado como mi abuelo y mis hermanos Pedro y Gonzalo. Fue la influencia de Carlos la que orientó mi vocación y me devolvió a la corriente familiar, seduciéndome con los valores de la justicia, la defensa por los débiles y la lucha contra el abuso. “¡Tienes que ser Abogado, la más noble de las profesiones!” -me decía-; por él conocí a Couture y a Paul Vinogradoff. Cuando preguntaba por las lecturas que capturaban mi atención: las clásicas francesas, policiales y de aventuras, en las que no había muchos personajes de abogados, me aseguraba que ellas me conducirían por la senda del Derecho, pues en sus entramados se hallaban latiendo aquellos valores.  Carlos fue tan persuasivo que efectivamente me convertí en abogado, socio del Estudio Jurídico Torres y Torres Lara y docente gracias a él; incluso heredé una de sus cátedras, la de Derecho de la Empresa, que actualmente se dicta como Derecho Comercial I.

El Estudio Torres y Torres Lara desde su fundación en el año 1968 fue prácticamente un bufete unipersonal, salvo períodos muy cortos en los que trabajó con el Dr. Rodolfo Loli (1978 – 1974) y luego se asoció con el Dr. Arturo Martínez Torres Lara (1977 – 1980) y con el Dr. Hiram Benavente (1981). Después de la última disolución societaria, Carlos se había resignado a tener un Estudio Unipersonal; le costaba mucho mantener la sociedad con personas muy cercanas generacionalmente. En el año 1986, le toqué la puerta recordándole una de sus premoniciones, pues cuando ingresé a la Facultad de Derecho de la PUCP en 1979, me dijo con amabilidad y entusiasmo: ¡Un día trabajaremos juntos y seremos socios! Creo que ya no se acordaba, pero se demoró una noche en pensarlo; en la mañana, me dijo “¡deja todo y vente ya!”. Comencé un primero de setiembre de 1986. La experiencia fue buena, Carlos tenía mucho don de gente y allí  me convertí en ABOGADO. El Estudio nunca más sería unipersonal.

Desde el año de su fundación contó con el apoyo de mi hermana Sylvia en la administración del Estudio; personal inolvidable y emblemático del estudio fueron la Sra. Maria Antonieta Núñez Jara -más conocida como la Sra. Toña-, que ingresó muy joven en 1972, Don Lucio Peso en 1975 y Antonio Antezana a quien Carlos se llevaría a trabajar más tarde al Congreso de la República. Además de  ellos recuerdo a Angélica Serpa (1978 hasta 1991) y a Rosa Vidal Zavaleta (1991 hasta 1998); actualmente todavía nos acompañan las también ex secretarias de Carlos: Carmen Alfaro Ascón que entró en el año 1989 y Cristina Tume Chapilliquen del año 1996.

Algunos clientes de esa época eran la Cooperativa de Ahorro y Crédito Santa Elisa, Seguros Inca, la Central Café del Perú, Bancoop, Banco CCC del Perú y desde luego la Federación Nacional de Cooperativas de Ahorro y Crédito del Perú a cargo actualmente de uno de sus mejores amigos, Manuel Rabines Ripalda quien fuera en los noventa su Viceministro de Promoción Social.

Un área emblemática para el Estudio eran las publicaciones; como era un intelectual y docente nato necesitaba llegar con su palabra y asesoría no solo a Lima sino también  a provincias donde se hallaban las cooperativas; por eso a la división de consultoría y publicaciones del Estudio la denominó “Asesorandina SRL ”; subsidiaria que se encargaría de las charlas, conferencias, cursos a distancia y de la edición del “Curso Superior de Cooperativismo”, de la “Revista Legal para Cooperativas” (una edición mensual de artículos, informes, legislación, jurisprudencia y modelos para cooperativas), del Compendio Legal para Cooperativas (edición semestral de la revista legal de cooperativas) y la famosa Revista Peruana de Derecho a la Empresa; ésta última más que ser un instrumento de promoción del Estudio fue un aporte a la comunidad jurídica para difundir este nuevo enfoque que revolucionó la visión del Derecho Mercantil y que transfirió su eje del “ Acto de Comercio” a la “ Empresa”.

En torno a la Revista Peruana de Derecho a la Empresa, Carlos promovió a un grupo de jóvenes atraídos por este nuevo enfoque transversal del Derecho; provenientes de los “Círculos de Estudios del Derecho de la Empresa” de las Universidades de Lima, San Marcos, San Martin de Porres, Católica, Villareal y Garcilaso de la Vega. Este fue el origen del Instituto Peruano de Derecho de la Empresa, en el cual los universitarios de aquel entonces participábamos para debatir sobre este cambio de paradigma y sus impactos en el Derecho. Cuando nos juntábamos, sea en las oficinas del Estudio o en las aulas universitarias, invitábamos a un profesor los sábados por la tarde. Hacíamos reseñas para las revistas del Derecho a la Empresa sobre los libros relacionados con el tema, promovíamos eventos, conferencias en la que los autores de los artículos presentaban sus ponencias y sufrían el interrogatorio de un panel compuesto por estos afanosos jóvenes motivados y fascinados por este quehacer intelectual.

Como puede apreciarse, la iniciativa del Dr. Torres y Torres Lara de hacer publicaciones empezó en los años 70 con un mimeógrafo marca Gestetner que trabajaba con “Esténciles” que eran picados por su secretaria, la Sra. Toña, en el local del pasaje Olaya; ya en el local de Francisco de Zela (Jesús María) las publicaciones generaron una pequeña imprenta. La compaginación era manual y en ese trabajo muy jóvenes apoyamos desde quien escribe este artículo hasta sus hijos Carlos, Sylvia y Rafael. Si uno se equivocaba, una página podía terminar fuera de lugar y dañar la edición.

El Estudio fue una de sus principales obras, fue un centro de docencia para los cooperativistas, sus clientes y para los que conformábamos el Estudio. Aquí aprendimos y vivimos valores, supimos de la consideración y el respeto a los demás; así como de la laboriosidad e innovación.  En esto él fue un ejemplo. Y como decía su secretaria, la Sra. Toña, él siempre fue un caballero, se ponía el saco tanto para recibir al gerente o funcionario de la empresa más grande como a la persona que provenía de la empresa más pequeña o de condición más modesta. Lo recuerdo llegando todos los días a la oficina con buen ánimo, distribuyendo motivación y entusiasmo mientras recorría sus pasillos.

En 1989 Carlos decide postular al decanato del Colegio de Abogados de Lima, tenía el apoyo expreso de todos los ex decanos, pero súbitamente recibe en 1990 el ofrecimiento del presidente Fujimori para ser “Ministro de Justicia”. Nunca aceptó esta cartera, pues a Carlos le seducía la idea de colaborar en la reconstrucción de su país, sumergido en aquel entonces en una grave guerra interna (el terrorismo en su peor etapa), una grave crisis económica (una inflación batiendo todos los récords mundiales) y en una periódica guerra externa con el vecino y hermano país del Ecuador. Carlos rechaza la cartera de Justicia y pide poder colaborar en el “Ministerio de la Producción” o en el “Ministerio de Trabajo y Promoción Social”. Él consideraba que desde estas carteras ministeriales podía hacer más por el desarrollo del país, apoyando la formalización del autoempleo, promoviendo una regulación razonable que libere el potencial de las pequeñas empresas y de las cooperativas. Cuando le asignaron el Ministerio de Trabajo y Promoción Social, ofreció convertirlo en uno de” Promoción Social y de trabajo”.

Desde luego, le tocó la difícil tarea de desactivar una serie de normas laborales populistas y demagógicas, que habían sido sembradas por el gobierno anterior; para el efecto tuvo que utilizar los denominados decretos de urgencia, que lo condujeron a una primera interpelación en el Congreso de la República, de la cual salió muy fortalecido. El año 1991 fue nombrado Ministro de Relaciones Exteriores, así como Presidente del Consejo de Ministros.

El Estudio, desde 1990, quedó en manos de su hijo mayor Carlos Torres Morales y de quien les escribe esta presentación; Carlos Torres padre, volvió al Estudio por un breve lapso, entre abril de 1992 y diciembre del mismo año, luego de haber renunciado al Gobierno al no haber estado de acuerdo con el golpe de Estado de 1992.  Retornaría a la política sólo como miembro del Congreso Constituyente Democrático y Presidente de la Comisión de Constitución (redactora del nuevo texto constitucional) para enrumbar al Perú por la ruta de la Democracia y restablecer la institucionalidad con la Constitución de 1993.

En tanto ello sucedía, el Estudio creció significativamente incorporando no solo a los demás hijos de Carlos, como Rafael, Maria del Pilar, Miguel Ángel y Sylvia Torres Morales; sino también a socios senior como Juan Carlos Benavente Teixeira e Indira Navarro Palacios y los socios junior Enory Okuma Fullita y Percy Huaroc Llaja. Actualmente es un Estudio con 50 abogados y frisa los 50 años de creado.

A lo largo de los años la impronta del Estudio han sido sus valores: justicia, atención personalizada al cliente, promoción de una cultura de paz mediante la conciliación de los intereses, proscripción de todo acto de corrupción. Muchos de estos valores fueron escritos a puño y letra por Carlos y aun se pueden leer en un cuadro de uno de los directorios del Estudio.

Una de las características personales de Carlos era su capacidad de liderazgo, la cual conjugaba con sus cualidades personales, como su empatía con los demás y su facilidad para percibir los intereses de la gente. Su inteligencia le permitía captar inmediatamente las reales intenciones o inclinaciones detrás de las lisonjas o supuestas sugerencias altruistas. Contaba con un especial don para motivar y animar voluntades, para persuadir antes que imponer, tenía mucha fe en los jóvenes y un gran aprecio por la lucha diaria de los hombres más modestos. Lo caracterizaba su capacidad de estudio y de escritura, así como de innovar y aventurarse en temas nuevos (todo el tiempo estaba haciendo pedagogía y difundiendo sus hallazgos, las ideas y corrientes de pensamientos nuevos) y, su sencillez, caballerosidad y tacto en el trato con la gente.

Recuerdo que en uno de esos cocteles, donde abundaban y lo rodeaban una serie de personajes y hasta juristas engolados, se le acercó un humilde cooperativista a felicitarlo por la presentación de su libro; Carlos le agradeció con una gran calidez, y atención como si se tratara de uno de los invitados más importantes de los que se encontraban en dicha sala. Esas eran sus formas de hacer sentir bien a la gente, apoyarla en público en momentos difíciles, brindarle confianza y resaltar sus cualidades en medio de tanta gente importante, era propio de su don personal; todo lo cual lo hacía además un líder nato, una persona con ideas modernas, siempre a la vanguardia, curioso y fascinado por los cambios y la tecnología aplicada en todos los campos de la vida moderna. Esa “tercera ola” que inundó el Perú desde los años 90 como un tsunami  y a la que Carlos ya se había subido en los años 80,  llevó a que en el Estudio -antes que ninguno en Lima- se produjera un rápido proceso de informatización, creando un fichero legal, estandarizando y virtualizando los modelos de actas y contratos, sustituyendo la revista impresa de consultoría para clientes por soportes magnéticos (“diskettes”), sustituidos después por entregas mediante correos electrónicos. Ello llevó a una inversión en ordenadores, módems, líneas telefónicas, capacitación y, desde luego, en generadores de electricidad los que a fines de los ochentas y comienzos de los noventas eran tan necesarios debido a que se vivía una época en la que los terroristas, sin mayores intervalos, destruían las torres del sistema eléctrico.

Su trayectoria universitaria fue deslumbrante, fue uno de los más afanosos promotores de la creación de la Facultad de Derecho de la Universidad de Lima, convirtiéndose en su decano en tres ocasiones, entre los años 1980 y 1990, siendo unos de los periodos más brillantes y de mejor posicionamiento de la Universidad de Lima en la comunidad universitaria. Su época como decano fue florida en difusión del conocimiento jurídico, mediante congresos, foros y eventos internacionales. Quedan en el recuerdo los congresos internacionales de derecho civil y las visitas de juristas como Guillermo Borda, Atilio Aníbal Alterini, Jorge Mosset Iturraspe, Lorenzetti, Luis Moisset de Espanés, Luis Diez Picasso, Roberto López Cabana, Victor Perez Vargas, Fernando Fueyo Laneri, Alfredo Di Iorio, Caio Mario Da Silva, Catalano, Gustavo Ordoqui, Silvio Meira, Dante Cracogna, Ramón López Vilas, Pietro Rescigno, entre otros. En Derecho de la Empresa su mejor ponente fue el ilustre profesor de la universidad de Bologna, Francesco Galgano.

En cuanto a la docencia, se inició como profesor de Derecho Cooperativo en el año 1960; asumiendo luego la cátedra de Introducción al Derecho. Creó la catedra de  Derecho de la Empresa (por primera vez creada en el Perú con ese nombre para luego sustituir al clásico Derecho Comercial), pues fue uno de los juristas que analizó profundamente a la empresa como centro de imputación de derechos y obligaciones, distinguió al empresario como titular de la empresa, e identificó a la sociedad como una clase de titular y diferenciándola de la unidad de producción, desarrolló la teoría de los grupos de interés (en los años 80). Hoy conocidos como los “Stakeholders” fueron reubicados en el entorno de la empresa y no de la S.A. (Sociedad Anónima); se planteó la problemática de la naturaleza jurídica de la empresa (¿objeto?, ¿sujeto? o ¿actividad?) con tantas opciones se interrogó si era la “Empresa” objeto del tráfico jurídico o solo lo era la “hacienda mercantil” (hoy conocida en nuestro país como fondo empresarial); conferenció sobre el origen del good will y el mayor valor de la empresa, explicó la evolución del derecho mercantil al derecho empresarial y cómo ello influyó en la unificación del régimen de obligaciones y contratos civiles y mercantiles. Explicó que el derecho de la empresa atravesaba transversalmente las disciplinas tradicionales como el Derecho Civil, Laboral, Tributario, Administrativo, Procesal, Constitucional, etc.

Incansable, promovió el curso de informática jurídica, hizo investigaciones y publicaciones sobre la misma y se convirtió en su profesor, cuando todavía no era materia de estudio en las facultades de Derecho. Como no podía dejar de ocurrir, su paso por la Comisión de Constitución del Congreso Constituyente Democrático y su dedicación a tiempo completo para dar a luz una nueva Carta Magna, lo llevó al dictado del curso de Derecho Constitucional.

Carlos Torres y Torres Lara, qué duda cabe fue un gran jurista, en su vida familiar fue de los esposos enamorados y para siempre, así como padre ejemplar. Se preocupó de inculcar valores a sus hijos; para darse el tiempo rehusaba los almuerzos o cenas con clientes y reservaba los fines de semana para su familia sea en la casa de Monterrico o en la de Chaclacayo. Si los sábados por la tarde se quedaba en Lima, lo encontrabas disfrutando de un libro en su biblioteca, si le caías ocasionalmente de improviso podías tener una placentera y fascinante charla sobre filosofía, historia, derecho o actualidad política o quizás sobre el último libro que acababa de publicarse sobre el futuro que se venía. Cuando lograba llevar un amigo intelectual de San Marcos o de la Universidad Católica a conversar con él, éstos siempre me decían ¿por qué no me lo presentaste antes? Las conversaciones con él un fin de semana eran memorables e interminables.

Un día, el 16 de junio de 2000 a los 57 años partió hacia la eternidad. Recuerdo una frase de su hermano Guille: “57 años, pero vivió por lo menos dos vidas”. Era una persona intensa, dinámica, entusiasta y andaba siempre varios pasos adelante del pensamiento de la gente.

Carlos tocó mi vida, consolidó mis valores, talló mi personalidad y mi profesión; fue ese gran hermano mayor que te aconseja, del cual emana un gran cariño y comprensión y a la vez fue un padre orientador, guía y cómo no, reprendedor. Si bien muy cercano generacionalmente, llenó con mucho cariño e inteligencia los pequeños vacíos e imperfecciones que no pudo completar mi padre.

Él ha dejado muchas obras en su haber: sus libros, la Revista Peruana de Derecho de la Empresa, la Facultad de Derecho de la Universidad de Lima, la Ley General de Cooperativas, la Constitución de 1993, la formación de personas, sus ex alumnos hoy profesionales y el Estudio Torres y Torres Lara Abogados Asociados, que hoy con casi 50 años trasciende como Grupo TYTL; pero lo más importante cinceló con el ejemplo esa imagen de hombre justo y honesto que hoy trasciende en el tiempo.

 

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